El siglo XXI representa, sin duda, una nueva era en la literatura. Pero, como cada cambio histórico o revolución, pasa desapercibida para las gentes de su tiempo. No somos conscientes, pero algo está cambiando a  pasos agigantados. Hay quien aún, cuando piensa en el escritor, imagina la figura del genio incomprendido dado al alcohol y a la apatía que escribe en el encierro de una caverna y que sacrifica su bienestar para pasar a la posteridad. Y lo imaginan sin percatarse de que ya existió una generación de atormentados que bien podían representar ese perfil, hoy obsoleto. Pudieron ser los llamados «poetas malditos», o todos los que sucumbieron a la corriente de existencial pesimismo que sobrevino a la Primera Guerra Mundial. Pero de aquello ya han transcurrido cien años. Un siglo tras el que, si poco queda de las ideas o de la sociedad de entonces, menos aún debe pervivir de esa peculiar manera de hacer literatura.

En nuestro tiempo, y más en concreto a partir del 2000, internet ha venido para cambiar las concepciones encorsetadas que arrastrábamos hasta entonces. La vocación artística ya no se concibe como algo disociado en multitud de géneros y disciplinas y cerrado a la interacción o a la innovación. Raro es que, en la actualidad, un escritor no sea a la par columnista; o un pintor diseñador; o un músico poeta. Es la globalización, entendida desde su labor acercando culturas y sirviendo en la bandeja del consumidor una amalgama de inagotables producciones artísticas. De hombres y mujeres, de europeos y americanos, de jóvenes y mayores. Ante semejante panorama, el purismo resulta anacrónico, y se hacen deseables las posturas que juzgan las manifestaciones artísticas como creaciones libres y enemigas de toda catalogación. Pero hay límites. Siempre los hay, y su existencia es, además, imprescindible. La ruptura de los patrones conlleva un riesgo insalvable: la desvirtuación de cada peculiar arte que, si bien no es esclavo de unas normas, sí lo es de su esencia, de una peculiar naturaleza que no puede nunca ser transgredida. 2016, en ese sentido, ha constituido un hito de la degradación de uno de los mayores baluartes del arte: la literatura.

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La concesión del Nobel de literatura a Bob Dylan (tema manido como pocos, soy consciente) no es sino un reflejo del peligro de relativizarlo todo. Bob, el gran Dylan, es un genio, y eso nadie puede negarlo. Pero su genialidad reside en su habilidad como cantautor, una disciplina en la que la composición literaria es un pequeño factor y que sólo cobra sentido en su conjunto: letra en un contexto musical y con una voz refinada. En cambio, por separado, ninguna de esas tres áreas cobra por sí mismo un valor equiparable a lo que supone en su suma. Semejante error de apreciación, consecuencia del totum revolutum que antes he detallado, es el artífice de una de las humillaciones al gremio de los autores que hayamos conocido en los últimos años.

El cambio es la garantía de la supervivencia de una disciplina. Pero también tiene un precio que, si se rebasa, puede transformarse en el peor veneno para la misma. Esperemos que el Nobel a Dylan quede en una dolorosa excepción.

       En efecto, es un genio como cantautor.

Alberto Esparza

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