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De Pixabay

Estaba allí, arrinconado. Polvoriento, escasamente atractivo y castigado por los años que cargaba sobre sus lomos. Lo vi de inmediato, sin duda. En apariencia, es lo último que a cualquier niño de mi edad habría llamado la atención. Pero, como casi siempre, un impulso del deseo se adelantó a la lógica: alargué el brazo y lo libré de aquella fosa del olvido. Aun hoy no soy capaz de describir ese magnetismo, esa fascinación que me empujó hacia él. El caso es que lo hice. Tenía seis años y un libro en mis manos. El primero que había tomado por propia voluntad. Tan pronto como cerré el cajón abrí sus páginas. Gracias a ese instante, hoy estoy aquí.

Aprendí a utilizar una bicicleta una tarde de agosto. Mi padre fue el artífice, de la mano de su paciencia inquebrantable, la misma que me permitió simular que conducía su viejo Ford Mondeo al mes siguiente, a través de los campos de álamos de la Ribera navarra. Sobre su regazo, mientras creía manejar aquel coche que languidecía, me sentí el niño más poderoso del mundo. Casi como cuando lo hice desde aquella bicicleta. Pero todo se reducía al mundo, a mi mundo, a lo material que me rodeaba. Que nos rodeaba; ayer, en el presente y mañana. Se trataba experimentar con lo que uno ve a diario de un modo diferente. Revolucionario. Al menos para mí, en esos días y con esa candidez que de repente se marcha para jamás regresar.

Cuando abrí ese libro, en cambio, desaparecí. Mi cuerpo permaneció en esa habitación, pero tal vez como la única prueba de que yo seguía entre esas paredes. Mi interior viajaba a través un universo desconocido y embriagador. Y apareció ante mí Olivia, la pequeña protagonista de la novela, con sus ricitos de color azabache, con dos esmeraldas por ojos y una picardía que sacaba de quicio a su anciana madre, que también se dibujó en algún lugar de mi imaginación. Nada, nada es ni será comparable a ese momento. Al instante en que descubrí que había mundos más allá de en el que despertaba cada mañana.

Querían ser astronautas, futbolistas, superhéroes o pilotos de carrera. Yo soñaba con motivar en alguien, aunque sólo fuese por una vez, ese encantamiento que penetró en mí un día. Ese éxtasis fugaz; esa fortuna eterna. Creo que la llaman leer. Y a lo que intento, escribir.

Y de ellos, de quienes comparten ese anhelo conmigo, no puedo evitar admirar a los que logran cumplirlo antes de haber entrado en esa escuela de aprendizaje forzoso que es la edad adulta. A los que consiguen prender la llama de esa magia. No, no son escritores noveles, son colosos.

¿Que por qué quiero acercarme a ellos, a sus experiencias, a sus historias y a la antesala de su futuro? Preguntadle a ese niño de seis años que gracias a personas como ellos ha conocido una vida repleta de más vidas. Aventureras o reflexivas, enérgicas o pusilánimes, imberbes o caducas. Pero todas ellas nacidas (que nunca condenadas a morir) en el papel. Preguntadle.

Alberto Esparza Hueto

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